martes, 14 de agosto de 2012

PÁSAME UNA CURITA


«Vengan todos y volvámonos al Señor. Él nos destrozó, pero también nos sanará; nos hirió, pero también nos curará» (Oseas 6:1).

¿Alguna vez te han dado unas merecidas nalgadas? A la mayoría de los niños sí. ¿Crees que a tus papas les gusta castigarte? Algunos niños podrían contestar que sí, pero la verdad es que no. A mamá y a papá no les gusta castigarte, pero saben que a veces es necesario para que aprendas las lecciones difíciles de la vida.
El versículo de hoy habla de los castigos que a veces Dios ha tenido que darle a su pueblo. Él nunca nos ha destrozado ni herido, como dice el versículo. El autor habla así para que entendamos lo difícil que es ser castigados. Pero también dice que Dios curará nuestras heridas. Él no dejará que «sangremos» mucho. Perder mucha sangre puede hacer que una persona muera, así que él solo nos hará pasar por las pruebas necesarias que nos ayuden a regresar al camino correcto.
Jesús sangró en la cruz y murió para que nosotros no tuviéramos que perder nuestra sangre y separarnos de Dios para siempre. Somos realmente afortunados detener un Padre amoroso en el cielo que pone curitas en nuestras heridas y sana nuestros corazones. ¿Verdad que si?

Tomado de Devocionales para menores
Explorando con Jesús
Por Jim Feldbush

A PESAR DE TODO


Alegraos en Jehová y gozaos juntos; ¡cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón! (Salmo 32:11).

Transitar por las calles de cualquier ciudad a determinadas horas ha llegado a ser un peligro, por eso a pocas horas de entrada la noche las vemos solitarias y vacías. Con cierta desconfianza y temor accedemos a responder si alguna persona desconocida quiere entablar con nosotros una conversación, e inconscientemente levantamos una barrera de indiferencia. Quizá no nos falten razones para hacerlo, dado que diariamente somos testigos de abusos, delitos y violaciones de nuestros derechos. A pesar de este panorama tan poco halagüeño, podemos encontrar de vez en cuando personas que están dispuestas a hacer actos de bondad y a pronunciar palabras amables.
Elena G. de White comenta: «En algunos casos, se ha tenido la idea de que la alegría no concuerda con la dignidad del carácter cristiano, pero esto es un error. En el cielo todo es gozo; y si introducimos los goces del cielo en nuestra alma y, hasta donde podamos, los expresamos en nuestras palabras y actos, ocasionaremos a nuestro Padre celestial más agrado que si somos sombríos y tristes» (El hogar cristiano, cap. 70, pp. 409-410).
Lo anterior pude comprobarlo hace poco tiempo, cuando con una amiga entré a un restaurante a desayunar. El lugar estaba lleno y las meseras corrían de un lado a otro atendiendo con dificultad los pedidos de los clientes. La señorita que nos atendió fue en extremo afable; en todo momento respondía con notable amabilidad y su rostro estaba iluminado con una sonrisa encantadora. Nos hizo sentir muy importantes y especiales e hizo lo mismo con todos los que requerían su atención. No pudimos menos que sentirnos agradecidas, y al salir se lo hicimos saber, reforzando de esa forma su buena actitud. Creo que ella influyó positivamente en nuestro estado de ánimo para enfrentar los problemas de aquel día.
«Pero si miramos el aspecto positivo de las cosas, hallaremos lo suficiente para transmitirnos ánimo y alegría. Si brindamos sonrisas, ellas nos serán devueltas; si pronunciamos palabras agradables y alentadoras, nos serán repetidas» (El hogar cristiano, cap. 70, p. 409).
Querida hermana, nosotras, como embajadoras del cielo, hemos sido llamadas a llevar mensajes de paz y gozo a todos los que nos rodean. ¿Cuántos habrá hoy que necesiten una sonrisa, un poco de nuestro tiempo o una palabra amable?

Tomado de Meditaciones Matutinas para la mujer
Una cita especial
Textos compilados por Edilma de Balboa
Por Erna Alvarado de Gómez

UNA HISTORIA QUE CONTAR


Tú vas a ser testigo suyo ante todo el mundo, y vas a contar lo que has visto y oído. Hechos 22:15.

«Es una calamidad de proporciones inmensas —escribió William Kilpatrick— que uno pierda su historia, o [peor aún], que uno no tenga una historia que contar».
¿Tienes una historia que contar? ¿Tienes algo importante que decir al mundo? Todos los que hemos aceptado a Cristo como nuestro Salvador personal, tenemos una historia que contar.
Si le preguntáramos a Bethany, ella nos contaría su historia, pero con una advertencia. Nos diría que no nos dejemos impresionar por los detalles de la narración. Pero es que los detalles son de verdad impresionantes. El caso es que a la edad de ocho años Bethany ya estaba participando en competencias de surf. Su sueño era llegar a ganar un campeonato nacional. Pero ese sueño pareció llegar a su fin cuando, a la edad de trece años, en una de las playas de Hawai, un tiburón le arrancó el brazo izquierdo mientras estaba acostada sobre su tabla.
Se salvó por un milagro, gracias a la intervención oportuna de los tres jóvenes que la acompañaban ese 13 de octubre de 2003. Pero increíblemente, en apenas unos meses, Bethany ya estaba de regreso en las competencias. Pero no solo regresó, sino que ¡también ganó un campeonato nacional en el 2005!
¿Por qué dice Bethany que no nos dejemos impresionar con los detalles de su historia? Porque para ella la parte central no es haber sobrevivido al ataque del tiburón. Tampoco haber regresado con éxito a las competencias. En el corazón de su historia está otro Personaje, un precioso Salvador a quien ella da todo el crédito: «El amor que siento por el surf y por el don de la vida —dice ella en su sitio web— es lo que me impulsa a ayudar a la gente y a decir alrededor del mundo que todo es posible. Mi fe en Jesucristo es lo que me ha ayudado, y me sentiré feliz si mi historia puede ser de ayuda para otros» (www.bethanyhamilton.com).
¡Claro que sirve de ayuda, Bethany! Nos recuerda que es gracias a Cristo que podemos hacer realidad nuestros sueños. También nos recuerda que todos tenemos una historia que contar, ¡y que Dios está esperando que la contemos!

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente
Por Fernando Zabala

EL RICO NECIO (PARTE 2)


«Las riquezas del rico son su ciudad fortificada; como un muro defensivo se las imagina» (Proverbios 18:11). 

Es absurdo pensar que encontrar espacio para nuestras riquezas terrenales resolverá el problema de la avaricia. Cuanto más tenemos, más nos preocupamos por ello.
Es absurdo tomar una decisión precipitada, sobre todo si tiene que ver con algo grande y costoso, sin añadir un: «Si el Señor quiere» (ver Sant. 4:13-15). El tiempo está en manos de Dios, no en las nuestras, y no sabemos qué nos depara el futuro.
Es absurdo posponer el disfrute de la abundancia para el momento en que pensemos que hemos alcanzado la cima. Es posible que desaprovechemos la bendición que el Señor quiere darnos aquí y ahora.
Es absurdo confiar en que nuestros tesoros están a salvo de cualquier eventualidad. En una hora podrían quedar reducidos a cenizas; caer pasto de la polilla y el moho; o ser objeto del pillaje de los ladrones.
Es absurdo pensar que cuanto más tengamos, más felices seremos. Los ricos también tienen problemas. Por ricos que seamos, el dolor y la enfermedad, los problemas familiares y, sobre todo, un sentimiento de culpa pueden robarnos la tranquilidad.
Es absurdo utilizar nuestra riqueza sobre todo para comer y beber y ser felices, para disfrutar de la carne y satisfacer el apetito sensual, sin pensar en hacer el bien a los demás.
Mañana llegaremos a la conclusión de las lecciones de la parábola del rico necio.
Señor, sé que mis instintos no son de fiar. Soy de naturaleza egoísta. Cámbiame, te lo mego. Dame tu sabiduría. Basado en Lucas 12:16-21.

Tomado de Meditaciones Matutinas
Tras sus huellas, El evangelio según Jesucristo
Por Richard O´Ffill