lunes, 19 de septiembre de 2011

87 AÑOS

Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. (Hebreos 12:1).

El 26 de noviembre de 1827 nació Elena Harmon en Gorham, Maine. Cuando tenía 12 años oyó predicar a William Miller sobre la pronta venida de Jesús y su tierno corazón fue impactado de tal manera que pasó varias noches sin poder dormir, pensando que sus pecados no habían sido perdonados y que cuando Cristo viniera, ella estaría perdida eternamente. Tal fue su angustia que su madre la alentó para que consultara al pastor Stockman. Mientras este escuchaba las palabras de aquella joven, lágrimas brotaron de sus ojos y dijo: «Hija, creo que Dios te está preparando para una gran obra. El Espíritu Santo está trabajando en tu corazón y eso es una garantía de que la sangre de Cristo te ha limpiado y redimido. El te ama y no desea que te pierdas, así que, confía en él». Sobre esta experiencia ella escribió años más tarde: «Salí de su presencia llena de ánimo y consuelo».
Al igual que Elena, tú y yo podemos ir ante la presencia de Dios para obtener perdón y paz. El salmista nos dice: «Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Sal. 51: 17). Aquella niña había nacido para ser ciudadana celestial y no perdió de vista el lugar que quería ocupar en el cielo. Sus últimas palabras fueron: «Se en quién he creído». Durante 87 años el ángel de Jehová estuvo a su lado librándola de las garras del maligno. En ocasiones fue sacudida violentamente por el torrente tempestuoso del mal, pero nada impidió que su fe creciera. Ella sabía que había creído en un Dios perdonador, misericordioso y justo. Hoy sus restos descansan inertes, aguardando aquella bendita esperanza con la que dejó este mundo.
¿Te gustaría que tu experiencia fuera similar a la de esta gran mujer? No se trata de un personaje de ficción, sino de una mujer como tú y yo, atribulada, sacudida por la muerte de dos de sus hijos, viuda durante varios años, enferma y muchas veces incomprendida; pero nada de eso la hizo flaquear.
¿Te consideras una ciudadana del reino celestial? No pierdas de vista tu meta.

Tomado de meditaciones matutinas para mujeres
De la Mano del Señor
Por Ruth Herrera

EN EL NOMBRE DE JESÚS

De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Juan 16:23.

Orar en el nombre de Jesús es otra de las condiciones que nos presenta la Escritura para que nuestras oraciones tengan respuesta.
Muchos dicen: "Todo esto te pedimos en el nombre de Jesús", sin pensar realmente lo que están diciendo. Aprendieron a orar así, lo hacen por costumbre, pero no se dan cuenta que en el nombre de Jesús hay poder; y para que este poder se manifieste, cada cristiano debe ser consciente de lo que dice al orar.
Además, orar en el nombre de Jesús no es una fórmula mágica o matemática, que garantiza que obtendremos lo que pedimos. Tampoco es un señuelo para que el Padre conteste una oración que no deseaba contestar. Orar en su nombre es hacer una proclamación audible de la fe que se tiene en Jesús como Salvador, Mediador y Redentor. Es reconocerse pecador y admitir que el Padre solo puede contestar los ruegos de quienes están en armonía con su santa ley. Como esto es imposible, humanamente hablando, entonces se presenta la alternativa de confiar en los méritos de Cristo, y de esta manera, por fe, el creyente se encuentra con la santidad de Jesús.
Orar en el nombre de Jesús es aceptar su vida como modelo y procurar imitarla. Es hablar como él habló, creer lo que él creyó y amar como él amó. Es manifestar humildad en cada aspecto de la vida y manifestar mansedumbre en el trato con otros, sabiendo que en este mundo estamos peregrinando, hasta que él regrese y termine con el pecado. Es hacer su voluntad, incluso cuando nuestros gustos o preferencias indicarían un camino contrario, porque en su nombre hay poder en el cielo y en la tierra, incluso sobre los gustos de los mortales.
En este día, cuando te entregues a Dios en oración y pongas todas tus actividades en sus manos, piensa en Jesús, tu Salvador. Al orar en su nombre, recuerda sus promesas y pídele fuerzas al Padre eterno para vivir como vivió su Hijo. Agradece a Dios por haberlo enviado, agradece por su sacrificio expiatorio, agradece porque en el nombre de Jesús hay poder. Comienza cada día de tu vida y cada actividad que hagas en el nombre de Jesús, y verás miles de bendiciones derramadas sobre ti.

Tomado de meditaciones matinales para jóvenes
Encuentros con Jesús
Por David Brizuel

VOLVED

El guarda respondió: La mañana viene, y después la noche; preguntad si queréis, preguntad; volved, venid. Isaías 21:12.

Todos sabemos que la mañana viene y después la noche. No hay novedad ninguna en esta declaración, a no ser por un simple detalle: esta declaración es profética. En el contexto literal, se refiere a la tribulación que se aproximaba al pueblo desobediente, y a la recompensa y la liberación final de los justos, en los días de Judá. La mañana para unos, y la noche para otros.
Pero, como en la mayoría de las profecías hechas a Israel, el cumplimiento total se proyecta hacia el final de la historia de este mundo, cuando la paja y el trigo serán colocados aparte, las ovejas y los cabritos serán separados, y las vírgenes prudentes y las insensatas cosecharán lo que sembraron.
¡La mañana viene! Querámoslo o no, aceptémoslo o no, estemos preparados o no. La mañana gloriosa de la venida de Cristo se aproxima: Los índices de violencia de nuestros días lo anuncian; los cataclismos naturales, de una tierra herida por el ser humano, lo gritan a pulmón lleno; la incredulidad reinante del humanismo lo proclama. La mañana viene, trayendo la gloria del Cristo victorioso, para recompensar a sus fieles.
Pero, después de la mañana viene la noche. También es inevitable. Llega trayendo, en sus alas, la destrucción de una raza rebelde. Angustia, dolor y desesperación: el justo resultado de obras injustas, que realizaron hombres injustos.
Pero, lo que quiero destacar del versículo de hoy es la tierna invitación: "¡Volved, venid!" ¿Por qué volver? Porque un día te fuiste; te apoderaste de la vida que pertenece a Dios y corriste, como un niño que aprendió a andar, detrás de lo que llamabas "libertad". ¿Por qué venir? Porque estoy lejos, y debo acercarme al trono de la misericordia mientras haya tiempo. Esa decisión no la puedo dejar para mañana: no hay más tiempo que perder; la mañana está a las puertas. Y también la noche.
¿Dónde estás, en este exacto momento? ¿Qué estás haciendo con tu vida? ¿Hacia dónde te diriges? Este es un día para revisar tus caminos y volverte a tu Creador. No comiences las actividades de este día sin consagrarte al Señor, porque "el guarda respondió: La mañana viene, y después la noche; preguntad si queréis, preguntad; volved, venid".

Tomado de meditaciones matinales para adultos
Plenitud en Cristo
Por Alejandro Bullón