lunes, 29 de agosto de 2011

UN BÁLSAMO DE PAZ

Al que te pida, dale; al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues, (Mateo 5:42).

Cuenta la historia que Pericles, el gran líder griego que vivió cinco siglos antes de Cristo, poseía un espíritu perdonador. Un día, mientras se dirigía hacia el Senado para atender sus asuntos políticos, fue acompañado por uno de sus adversarios, quien le gritaba toda clase de improperios. La escena se repitió a lo largo de todo el día. Dondequiera que iba, lo acompañaba aquel hombre como una sombra. Al finalizar la jornada aquel hombre fue detenido por un señor que, farol en mano, le preguntó: «¿Quién es usted?». «Soy un criado de Pericles. Él me pidió que lo acompañara hasta su casa alumbrándole el camino», dijo el hombre. Y Pericles guardó silencio.
¿Entiendes qué quiere enseñarnos Jesús a través del versículo de hoy? irónicamente las personas que descargan su enojo sobre los demás se están haciendo daño a sí mismas. Pericles, siendo el ofendido, no dejó que el mal carácter de aquel adversario dañara su paz. Por el contrario, supo alzarse como todo un gigante al devolver bien por mal.
Cristo pudo decir con toda autoridad moral: «Amad a vuestros enemigos» (Luc. 6: 27). Constantemente en su vida se vio tentado a devolver justicia en lugar de misericordia. Hacia el mismo final de sus días, el enemigo trató de que el amor divino sucumbiera ante el cruel dardo de la ingratitud. Sí, era verdad que los suyos no lo habían recibido, pero esto no alteraba su inmenso amor. Su vida llega hasta nosotras como testigo de que nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas.
¿Qué hacer entonces cuando se nos trata injustamente? Nuestra naturaleza carnal nos impulsa a devolver mal por mal. Si nuestro esposo nos grita, nos convertimos en sopranos profesionales. Si la vecina nos critica, nos volvemos fiscales. Si en la iglesia nos miran mal, nos transformamos en telescopios. Jesús, sabiendo el mal que genera un espíritu de venganza, nos proporciona la seguridad de que no tenemos que preocuparnos por las injusticias de este mundo, eso le corresponde a él. Más bien deleitémonos en hacer el bien, como dice un proverbio popular, «sin mirar a quién». Entonces viviremos en paz.

Tomado de meditaciones matutinas para mujeres
De la Mano del Señor
Por Ruth Herrera

EL FIN DEL TIEMPO

Y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo no sería más. Apocalipsis 10:6.

Si el ser humano no hubiera caído en pecado, ¿existiría el tiempo? ¿Existe el paso del tiempo para quien es eterno y no tiene fin? El lapso de existencia limitada que tiene toda criatura desde que es, hasta que deja de ser, es también una consecuencia del pecado. Los seres humanos no sentiríamos el paso del tiempo si el pecado no hubiera llegado a nuestro mundo, porque seríamos eternos.
Gracias a la intervención divina, volveremos a tener lo que perdimos. Algún día recuperaremos la inmortalidad soñada, y cada salvo por Cristo vivirá por la eternidad. Pasarán los días, las semanas, los meses, los años, los siglos y los milenios en armonía, paz y felicidad, logrando las mayores empresas que la imaginación pueda soñar.
Hemos visto muchos cambios en los últimos años. En la esfera de las comunicaciones, el mundo nunca estuvo tan intercomunicado como lo está hoy. Con Internet, la televisión global y la comunicación telefónica, los habitantes del mundo pueden enterarse instantáneamente de lo que ocurre en cualquier parte.
También hoy, en la era atómica, la humanidad se sorprende por las nuevas armas que están disponibles para su aniquilación. Durante siglos, el hombre se enfrentó cuerpo a cuerpo en las diferentes batallas pero hoy, por la tecnología, el alcance y la potencia que poseen algunas armas, se pueden destruir miles de vidas en un instante.
También la naturaleza ha experimentado muchos cambios con el calentamiento global. Grandes tormentas, huracanes, sequías y el derretimiento de los glaciares son algunos de los indicios que el clima mundial está cambiando. .. para mal.
Seguramente estamos viviendo en el fin del "tiempo del fin". El cumplimiento de las profecías se está realizando velozmente, y el telón de este mundo de pecado se está cerrando por la intervención divina. No pierdas el tiempo en temas mundanales y superficiales, dedícale tiempo al Señor mientras todavía hay oportunidad.

Tomado de meditaciones matinales para jóvenes
Encuentros con Jesús
Por David Brizuel

NOS VEREMOS DE NUEVO

Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Mateo 26:29.

Existen varios tipos de despedidas: las breves y cotidianas, con retorno siempre previsto; las que son por poco tiempo, con esperanza cierta de reencuentro; las que son por largo tiempo con vuelta prevista; y finalmente, las que se producen por tiempo indefinido.
En el mundo moderno, aunque quien parte lo haga a las antípodas, los sistemas de comunicación —teléfono, correo electrónico y otros medios por Internet— nos permiten un contacto directo e inmediato. Antes, sin embargo, no era así. En las tres Américas conocemos a muchos conciudadanos, si no es que nosotros mismos nos hallamos en esta situación, con lazos familiares directos con gentes de Europa. Y en muchos casos, como fueron nuestros abuelos o padres, quienes a principios del siglo pasado emigraron hacia el nuevo mundo, nuestros antepasados inmediatos nos hablaron de los tíos y primos que allá quedaron; pero de los que se perdió la pista y ni tan siquiera sabemos los nombres, y si viven y dónde en estos momentos. No digamos ya de quienes llegaron a las «Indias» en el siglo XIX o anteriores, que cuando se despedían de sus seres queridos en Europa, u otros continentes, lo hacían de forma definitiva e irreversible, rompiendo todos sus vínculos con su pasado familiar y cultural. ¡Qué dura y triste puede ser, por lo tanto, una despedida! Por todo ello, si cuando se produce un regreso previsto la alegría es grande, cuando se producía el retorno de los «indianos» a la madre patria las celebraciones eran espectaculares, y las lágrimas que se derramaron a la partida no eran menores que al regreso.
Hubo hace más de dos mil años una despedida de trascendencia inigualable. Fue la de Jesús, cuando en presencia de sus discípulos «fue alzado, y lo recibió una nube que lo ocultó de sus ojos». Se quedaron muy tristes «con los ojos puestos en el cielo» (Hechos 1:9, 10). Ellos no sabían cuando regresaría, pero el tremendo chasco que habían sufrido por su muerte, ahora, después de la resurrección, se convirtió en firme y vivificadora esperanza, porque habían descubierto que el Maestro siempre cumplía sus promesas. Y aunque se iba lejos, muy lejos, no al nuevo mundo terrenal, sino a preparar el celestial, les había prometido solemnemente antes de su muerte redentora: «Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre». ¡Qué gozoso y alegre será, por lo tanto, este reencuentro!

Tomado de meditaciones matinales para adultos
Plenitud en Cristo
Por Alejandro Bullón