jueves, 21 de abril de 2011

UNA TIERRA BENDITA

Entonces él se levantó, tomó al niño y a su madre, y fue a tierra de Israel (Mateo 2:21).

La historia ha registrado en sus páginas el sacrificio de miles y miles de personas que dieron su vida por la tierra que las vio nacer. Su sangre se ha convertido en un símbolo de libertad, ya sea intelectual, política, cultural o económica.
Recuerdo las historias que mis abuelos y mis tías me contaban de sus antepasados cuando, alzados en el monte, luchaban contra España por la liberación política y económica de su patria. Admiro a esas personas, porque estuvieron dispuestas a renunciar a las comodidades que poseían para que otros después de ellos pudieran disfrutar de la libertad que ellos no pudieron gozar.
Pero hay una historia que roba toda mi atención. Esa historia también está marcada con sangre una sangre derramada por la vida y para la vida. Es la historia de alguien que dejo todo cuanto tenía riquezas y comodidades sin límites, para morar en una tierra yerma, carente de amor y de amistad. Esa historia se desarrolló en la lejana Palestina.
«Tierra bendita y divina / es la de Palestina, donde nació Jesús. / Eres de las naciones cumbre, / bañada por la lumbre / que derramo su luz. / Eres la historia inolvidable / porque en tu seno se derramo/la sangre, preciosa sangre / del unigénito Hijo de Dios. / Cuenta la historia del pasado / que en tu seno sagrado / vivid el Salvador, / y en tus hermosos olivares, / hablo a los millares / la palabra de amor. / Quedan en ti testigos muchos /que son los viejos muros de la Jerusalén. / Viejas paredes derruidas / que si tuvieran vida nos hablarían también.
La tierra de Palestina no es famosa por su posición geográfica ni por las riquezas que pueda tener. Lo grandioso de esa tierra, así como de nuestro planeta en general, es que Cristo Jesús, el Rey del universo, se dignó a vivir en ella. ¿Sabes por qué? Porque tú fuiste tan valiosa para el que estuvo dispuesto a dar su vida por ti.
Cuando mires a tu alrededor, recuerda que su sangre fue derramada en tu favor.

Tomado de meditaciones matutinas para mujeres
De la Mano del Señor
Por Ruth Herrera

CONFESIÓN Y PEDIDO DE PERDÓN

Mi pecado te declare, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesare mis transgresiones a Jehová; y tu perdonaste la maldad de mi pecado. Salmo 32:5.

Luego de haber reconocido sin excusas el pecado y de haber aceptado el arrepentimiento genuino que ofrece Dios, el pecador tiene el deber de confesarle a Dios todo el mal que realizo. Esta confesión, que viaja de labios humanos a oídos divinos, tiene que ser voluntaria, forjada en un corazón que desea perdón y transformación.
Cuando estaba en mi último ano de educación media, interno en un colegio adventista, una noche decidí escapar con Adrián, mi compañero de pieza. Utilizamos una ventana rota, salimos del dormitorio, saltamos un alambrado y finalmente nos encontramos fuera del predio. Luego nos vimos con un grupo de amigos con los que nos juntamos a conversar y a tomar gaseosas, y después de unas horas decidimos regresar al dormitorio.
Al llegar, vimos que la ventana rota estaba tapada por dentro y no teníamos otro modo de entrar que no fuera por la puerta principal (siempre custodiada por los preceptores). Tomando valor, entramos por esa puerta y para nuestra alegría nadie nos vio ingresar. Una vez estuvimos en nuestra pieza, y ya más tranquilos, llego un preceptor, que al vernos se asombró, porque le acababan de decir que habíamos salido del internado. Nos pidió disculpas "por pensar mal de nosotros" y se despidió.
Con Adrián nos remordió la conciencia, porque el preceptor no nos debía disculpas; los comentarios eran verdaderos y realmente nos habíamos escapado, así que juntamos valor y fuimos y confesamos nuestra arriesgada aventura.
Dios tampoco nos presiona ni obliga para que le confesemos nuestras culpas, sino que simplemente espera que lo hagamos voluntariamente. Esa confesión debe ser específica, es decir, cada pecado cometido debe ser nombrado y explicado. Además de perdonarnos, Dios desea fortalecernos para que no volvamos a caer en el mismo error.
El Padre de amor desea escucharte, perdonarte y darte una nueva oportunidad. Imita la experiencia de David. No le escondas nada al Señor, y tu conciencia vivirá en paz.

Tomado de meditaciones matinales para jóvenes
Encuentros con Jesús
Por David Brizuel

¡AH, EL AMOR!

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece. 1 Corintios 13:4.

La carta decía, entre otras cosas: "Quisiera no creer en Dios. Tal vez así, no sufriría tanto; porque, si existe, jamás me perdonaría. Quizás ahora, en este laberinto infernal en el que me encuentro, pueda volver a ser el ser que soy y pocas veces he sido".
El resto de la carta hablaba de una vida escabrosa, llena de remordimiento, deseo de venganza y desesperación.
"Si Dios existe, no me perdonaría". Esta frase quedo golpeando mi mente durante un buen rato. A lo largo de mi vida, he tenido mucha dificultad para convencer a las personas de que Dios las ama, a pesar de lo que hagan o dejen de hacer.
El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, define el amor divino como sufrido y benigno. La palabra griega traducida como sufrido es makrotomeo, que literalmente significa "perseverar y esperar pacientemente".
La mente humana jamás entenderá el amor divino. El motivo es simple: cada vez que piensa en el amor de Dios lo hace desde su perspectiva humana. Y el amor humano, por más puro y sincere que parezca, está manchado por el egoísmo, propio de la naturaleza pecaminosa,
El ser humano solo ama cuando puede recibir algo a cambio. Ama por interés; por más dura que pueda parecer la idea. Por eso, le resulta difícil creer que Dios lo ame sin esperar nada de retorno; ¡por el simple hecho de amarlo! Pero, Pablo afirma que el amor de Dios es paciente y sufrido.
Sufre al ver a sus hijos transitando los peligrosos caminos de la destrucción; llora al ver a sus criaturas dirigiéndose temerariamente hacia la muerte; gime al ver a las familias destruidas, a los jóvenes en las drogas, a los hombres y las mujeres hundiéndose en la arena movediza de sus propios placeres.
¿Qué hacer? Los creo libres; con capacidad de escoger el bien o el mal, la vida y la muerte. Solo le resta sufrir, esperando que el pecador oiga, un día, la voz del Espíritu tocando a la puerta de su ser y anhelando que el hijo rebelde abra los ojos, para ver el peligro del sendero escabroso que eligió.
Hoy es un día de decisiones. Dios te ama. Haz de este día un día de alegría para Dios. Escoge la vida y camina con él. Y no lo olvides: "El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece".

Tomado de meditaciones matinales para adultos
Plenitud en Cristo
Por Alejandro Bullón